Cuando la gente se enfrenta a su primer contacto con Scrum en nuestros cursos de formación, las reticencias suelen desembocar siempre en un punto principal: la falta de confianza. No me fío de mi equipo, no me fío de mi jefe, no me fío de mis clientes, así que con semejante panorama las metodologías ágiles nunca van a funcionar.
Para protegerme de esto me blindo ante los clientes con contratos y penalizaciones, informes de seguimiento y actas kilométricas para que quede claro “de quién es la culpa”. Y luego hago micro-management con el equipo, diciéndoles exactamente qué hacer y cuándo debe estar listo. No sé si es un tema cultural en España, cultural en IT… pero estoy convencida de que hay otra forma de hacer las cosas. Difícil, pero mejor.
Me sorprende especialmente cuando el escepticismo proviene de gente joven, veintipocos, que con su escasa experiencia ya están seguros de que “O le dices a la gente exactamente qué tienen que hacer, o nunca harán nada” (comentario de la semana pasada en un máster). O sea, Teoría X de McGregor en estado puro. ¿En qué momento se llega a este convencimiento, en la Universidad, en la primera experiencia laboral, antes?
Por suerte, siempre hay un porcentaje de los asistentes a los cursos que terminan convencidos de que vale la pena intentarlo. Y a veces basta con sembrar la semilla del cambio en una sola persona.
Teresa Oliver
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Etiquetas: metodologías ágiles, Scrum

